Todas las noche a la misma hora pasaba por la puerta del baño mientras me cepillaba los dientes dándome las buenas noches con total educación. Así cada día desde que me mudé hace ya diez años. La primera vez me sorprendió, pero a base de repetirlo se hizo normal y era algo que ya esperaba. Es lo lógico, pensaba yo, cuestión de educación y protocolo. Con todo, no era tan normal hacerlo con un fantasma que aparecía por una pared del pasillo y desaparecía por la de enfrente sin decir ni una palabra más. Educado y nada molesto, y nunca faltaba a la cita.