domingo, 28 de septiembre de 2025

El coleccionista

Le encantaba mirar su colección, pasearse por toda la casa, especialmente el salón, repleto de antigüedades. Eso era básicamente lo que hacía con todo aquello, pasearse... y solo. Admirar sus propiedades pero en soledad. Porque para qué servía realmente todo aquello tan perfectamente ordenado, en un estado semejante al de un museo. Cuanto tenía, o gran parte de ello venía del mercado negro. Prácticamente no podía enseñarlo a nadie. Si alguien supiese de la existencia de todo aquello podría acabar en la cárcel; o robado por otros que buscaban lo mismo y que en el fondo no eran peores que él. Tener dinero para aburrir y tiempo para emplear lo habían llevado a aquella afición.

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Aquella mañana venía de pelear por un Magritte que le había mostrado su marchante. Un cuadro exquisito pero algo caro. Al final no habían llegado a un acuerdo porque una cosa es pedir mucho a un cualquiera y otra querer timarle a él. Últimamente comprar ciertas cosas fuera de los círculos “legales” se había vuelto casi prohibitivo

Al doblar la esquina la escena que se le presentó fue tremenda. Vio el edificio donde vivía lleno de humo y, al pie del mismo, docenas de bomberos moverse con urgencia tratando de hacer frente a la situación. El alma se le cayó al suelo. Obviamente el cordón de seguridad establecido no le permitió pasar pese a que se identificó como dueño de uno de los pisos.

—Imposible pasar— le dijo el jefe de bomberos. —El interior es un horno ¿habría algún familiar dentro?

—¿Algún familiar?¡Toda mi vida! —estalló el hombre.

El bombero le miró con incredulidad sin saber a qué se refería.

—¿Pero hay alguna persona dentro? —le inquirió en un intento de ponderar la situación.

De su boca solo salían palabras absurdas, balbuceos…

—Dalí, Monet, Miró…

El bombero le miró como quien mira a un loco mientras el otro seguía recitando:

 —Gutenberg y Durero… Vinci y Vasari… Greco y Goya…

Y allí le dejó, repitiendo palabras sin sentido para él:

—Los bargueños del XVII… las mesas taraceadas…las vitrinas francesas… los damasquinos…— Todo parecía pasar delante de sus ojos para desaparecer en el fuego.

Rompió a llorar. Tanto invertido para qué. Trataba de poner en claro sus ideas pese a la conmoción y el ruido ambiental producto del incendio. Intentó dejar la mente en blanco, cerrar los ojos y abstraerse de todo. Y así estuvo largo rato. Poco a poco fue volviendo al mundo, abrió los ojos y cuando se le fue aclarando la vista apareció ante él un enorme letrero en la acera de enfrente que decía:

En venta. Espacioso dúplex a estrenar con todas las comodidades.

Lo miró fijamente, como quien ha tenido una revelación. Y una idea tomó forma en su cabeza. Volver a empezar.

Se levantó del suelo y se dirigió hacia el inmueble mientras daba la espalda a lo que había amasado y adorado hasta esa misma mañana. Ya vería qué podría rescatarse del incendio pero ahora su meta era otra. Mientras se dirigía a lo que ya veía como su nueva morada apareció en su boca una sonrisa ladeada que dejaba entrever un colmillo afilado. Volvió a salir la hiena que llevaba dentro. Aquel piso sería suyo, y lo llenaría de cosas. Eso es lo único que importaba.

martes, 16 de septiembre de 2025

Juan de Dios

Juan de Dios era, pese al nombre, ateo. De hecho, muy ateo. No hacía falta mucho para que se ciscase en el de Arriba. Maldito nombre el que le pusieron sus benditos padres. Solo había alguien en quien realmente creía, su mujer. Por ella era capaz de hacer cualquier cosa. Tanto era así que aunque a los dos les gustaba la historia y el arte, había algo que no le gustaba en absoluto: las iglesias, o más bien lo que implicaban. Era "superior" a él. Pero aún así entraba en todas las que se ponían por delante solo porque a ella le encantaban. Era casi como un “mandato divino”.

Aquella iglesia estaba ya a medio camino de la desaparición, pero no por ello dejaba de tener en su interior varias joyas artísticas destacables. Y en esas estaba Juan de Dios, observando aquella magnífica escultura de San Miguel Arcángel, bello y altivo, con su armadura y la lanza en alto, dispuesto a luchar contra todo aquel que mancillare el nombre de Dios. Casi murmurando y al tiempo que le daba una palmadita a la figura en el muslo soltó un “ay, Miguelito que mono estás”, e instantáneamente la estatua de piedra, fruto del abandono, se le vino encima mientras Juan de Dios solo era capaz de soltar un estruendoso “me cago en…”. Por fortuna, el San Miguel solo arrolló a Juan de Dios en la caída pero sin ocasionar daños al interfecto, solo leves magulladuras físicas y una cierta tribulación moral. Podía decirse que Juan de Dios había vuelto a nacer... y que los caminos del Señor son inescrutables.