Juan de Dios era, pese al nombre, ateo. De hecho, muy ateo. No hacía falta mucho para que se ciscase en el de Arriba. Maldito nombre el que le pusieron sus benditos padres. Solo había alguien en quien realmente creía, su mujer. Por ella era capaz de hacer cualquier cosa. Tanto era así que aunque a los dos les gustaba la historia y el arte, había algo que no le gustaba en absoluto: las iglesias, o más bien lo que implicaban. Era "superior" a él. Pero aún así entraba en todas las que se ponían por delante solo porque a ella le encantaban. Era casi como un “mandato divino”.
Aquella iglesia estaba ya a medio camino de la desaparición, pero no por ello dejaba de tener en su interior varias joyas artísticas destacables. Y en esas estaba Juan de Dios, observando aquella magnífica escultura de San Miguel Arcángel, bello y altivo, con su armadura y la lanza en alto, dispuesto a luchar contra todo aquel que mancillare el nombre de Dios. Casi murmurando y al tiempo que le daba una palmadita a la figura en el muslo soltó un “ay, Miguelito que mono estás”, e instantáneamente la estatua de piedra, fruto del abandono, se le vino encima mientras Juan de Dios solo era capaz de soltar un estruendoso “me cago en…”. Por fortuna, el San Miguel solo arrolló a Juan de Dios en la caída pero sin ocasionar daños al interfecto, solo leves magulladuras físicas y una cierta tribulación moral. Podía decirse que Juan de Dios había vuelto a nacer... y que los caminos del Señor son inescrutables.