Le encantaba mirar su colección, pasearse por toda la casa, especialmente el salón, repleto de antigüedades. Eso era básicamente lo que hacía con todo aquello, pasearse... y solo. Admirar sus propiedades pero en soledad. Porque para qué servía realmente todo aquello tan perfectamente ordenado, en un estado semejante al de un museo. Cuanto tenía, o gran parte de ello venía del mercado negro. Prácticamente no podía enseñarlo a nadie. Si alguien supiese de la existencia de todo aquello podría acabar en la cárcel; o robado por otros que buscaban lo mismo y que en el fondo no eran peores que él. Tener dinero para aburrir y tiempo para emplear lo habían llevado a aquella afición.
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Aquella mañana venía de pelear por un Magritte que le había mostrado su marchante. Un cuadro exquisito pero algo caro. Al final no habían llegado a un acuerdo porque una cosa es pedir mucho a un cualquiera y otra querer timarle a él. Últimamente comprar ciertas cosas fuera de los círculos “legales” se había vuelto casi prohibitivo
Al doblar la esquina la escena que se le presentó fue tremenda. Vio el edificio donde vivía lleno de humo y, al pie del mismo, docenas de bomberos moverse con urgencia tratando de hacer frente a la situación. El alma se le cayó al suelo. Obviamente el cordón de seguridad establecido no le permitió pasar pese a que se identificó como dueño de uno de los pisos.
—Imposible pasar— le dijo el jefe de bomberos. —El interior es un horno ¿habría algún familiar dentro?
—¿Algún familiar?¡Toda mi vida! —estalló el hombre.
El bombero le miró con incredulidad sin saber a qué se refería.
—¿Pero hay alguna persona dentro? —le inquirió en un intento de ponderar la situación.
De su boca solo salían palabras absurdas, balbuceos…
—Dalí, Monet, Miró…
El bombero le miró como quien mira a un loco mientras el otro seguía recitando:
—Gutenberg y Durero… Vinci y Vasari… Greco y Goya…
Y allí le dejó, repitiendo palabras sin sentido para él:
—Los bargueños del XVII… las mesas taraceadas…las vitrinas francesas… los damasquinos…— Todo parecía pasar delante de sus ojos para desaparecer en el fuego.
Rompió a llorar. Tanto invertido para qué. Trataba de poner en claro sus ideas pese a la conmoción y el ruido ambiental producto del incendio. Intentó dejar la mente en blanco, cerrar los ojos y abstraerse de todo. Y así estuvo largo rato. Poco a poco fue volviendo al mundo, abrió los ojos y cuando se le fue aclarando la vista apareció ante él un enorme letrero en la acera de enfrente que decía:
En venta. Espacioso dúplex a estrenar con todas las comodidades.
Lo miró fijamente, como quien ha tenido una revelación. Y una idea tomó forma en su cabeza. Volver a empezar.
Se levantó del suelo y se dirigió hacia el inmueble mientras daba la espalda a lo que había amasado y adorado hasta esa misma mañana. Ya vería qué podría rescatarse del incendio pero ahora su meta era otra. Mientras se dirigía a lo que ya veía como su nueva morada apareció en su boca una sonrisa ladeada que dejaba entrever un colmillo afilado. Volvió a salir la hiena que llevaba dentro. Aquel piso sería suyo, y lo llenaría de cosas. Eso es lo único que importaba.